jueves, 26 de septiembre de 2013
la raza del ático
El año 1986 corría por Oviedo.
En las calles de esta ciudad y desde lo más alto de uno de sus edificios emblemáticos: la Jirafa, grabé las imágenes para dos canciones "El dios escorpión" y "Aúpa" compuestas por la Raza del Ático.
La dirección correspondió a Luis Antonio Suárez y a mí el trabajo de cámara y de edición junto a Rafael Maeso.
Para el montaje en U-Matic solo disponíamos de "corte directo" y un rústico "croma". No hubo post-producción ¡ Hoy encontré el videoclip en youtube !
Te invito a compartir este soplo de cultura urbana...
sábado, 21 de septiembre de 2013
Apunte sin título
Tienes que estar lejos del lugar donde naciste. Tienes que saber lo que es trabajar por debajo de tus capacidades.
Camarera en la terraza de verano. Sentada en una caja de bebidas, al fondo, mientras fumas un cigarro y charlas con tu hija recién llegada al primer mundo con el deje del Oriente cubano. Rodeadas de pies descalzados en sandalias romanas y torsos tatuados con motivos polinesios.
Déjalo estar, tu sabiduría es anterior a que ahora toque vacación estival.
viernes, 20 de septiembre de 2013
Tania
Su madre le prometió que pasarían unos días juntas en el lugar donde vivió de niña.
Salieron y su madre, tomándola del brazo, le fue contando su infancia en el faro: allí aprendió a leer y escribir. También atendía a los animales o arreglaba el huerto, siempre había algo que hacer. Mientras su padre revisaba el funcionamiento de las máquinas que daban luz o reparaba sus piezas en un pequeño taller. En él había hecho la placa de bronce con el faro y su nombre que ahora llevaba al cuello. Le contó cómo se convirtió en su talismán para espantar el miedo, si subían a la habitación de las tormentas.
Ella no supo nada de ellas en todos lo años que vivió allí.
Sin embargo cuando llegaron al borde del acantilado el paisaje continuaba siendo familiar. Al fondo playas de piedras, un poco más arriba en las grietas de la roca los claveles marinos que no temían al salitre ni al vértigo, mostraban sus flores. Cuando el suelo se hacía más plano, destacaban los amarillos y violetas de tojos y brezos. Por el medio, los nidos donde las aves entraban y salían alborotadas.
viernes, 13 de septiembre de 2013
Los Arana
- Soy de aquí, aunque no lo "paresca" - mascullaba Don Hernán Arana.
El horizonte marino se encrespaba, la brisa suspiraba ecos de campanas.
En el paseo marítimo desde un banco veía las fachadas con los balcones aún abiertos, el autobús atestado, unos ciclistas ociosos, dos beatas de andar apretado…
Al otro lado de este mar, deje la mitad de mi vida – recordaba.
Su hijo, al que no podía distinguir en un grupo que se afanaba por cabalgar olas, acababa de cumplir veinticinco años y de graduarse en periodismo. Aquí parecía abocado a llevar una vida de eterno estudiante. Pero Don Hernán, quería que conociera otro mundo y por eso le había regalado un pasaje de avión a las tierras andinas.
- Si. Quería despedirme del mar.
Se fue, no sin antes dejarle un beso de sal, como un dios surgido del agua, que tuviera en la tabla de surf su altar.
Don Hernán no entendía el carácter de su hijo. Tampoco le resultaba arrogante, pues sabia que era la marca de la casa.
Él, a los quince años se fue para "hacer las américas", sin haber pasado de aprendiz en aritmética, ni gramática. Tuvo noticias de las ruedas que se llenaban con aire el día que pinchó la bicicleta y escuchó que había que reparar los cauchos. Le dijeron que esa goma salía de un árbol que estaba en el otro lado del mar. Encontró algo parecido con su navaja en los troncos de los cerezos, ya solo pensó en dar rienda a sus aspiraciones de ser y tener.
Don Hernán acompañó a su hijo hasta el aeropuerto. En una noche sin estrellas, bajaron del taxi ante la salida de vuelos internacionales.
- No dejes de llamar
- Si visitas Cuzco alójate en el Hotel Colonial.
Al despedirse le dio un pequeño regalo. La humedad de sus ojos retenía lágrimas. El temblor de sus manos lo delataba.
He llegado – se pudo escuchar en una cabina telefónica del área de recogida de equipajes.
- Buenas tardes. Tengo reserva a nombre de Hernán Arana.
- Correcto. ¿Me rellena esta ficha por favor?
- Soy de aquí, aunque no lo "paresca". Mi nombre es Tupác.
- Mañana temprano saldremos para la puna.
- Estoy en Cuzco…
- ¿En el Hotel Colonial?
- ¿Has conocido a Tupác? – su voz mostraba ansiedad.
- Si, mañana iremos a la Fiesta de la Sangre.
- Bajará en cuanto no vea peligro – escuché.
- Será adorado como guía de los muertos.
- Invocan a la serpiente, puma y cóndor – subtituló Tupác.
Durante la fiesta siguiente las mujeres que habían concebido un niño se lo entregaban al padre y en el caso de nacer una niña se la quedaban para que la tradición continuase.
- Un animal saldrá del remolino de las aguas – dijo uno de los indios y recordé mis olas.
jueves, 5 de septiembre de 2013
Blow up!
viernes, 26 de abril de 2013
Aroma de luz
Ignoras cómo la luz blanca se desintegra en el color de las flores y perfuma la mañana. Mientras caen níveos pétalos de la espinera y el guindal, sobre las piedras del muro. Alrededor de la pérgola, se desvanece el violeta de la glicinia con el amarillo del brezal.
Absurda careta que te conserva atrapado en el tiempo, insensible a las carantoñas de la brisa. Sin identidad te diluyes cuando llegas a la plaza. Allí, tras una luz que multiplica tu faz, te reconoces en una muchedumbre que grita sin voz: ¡Somos Anónimos!
Estereofonías
Mientras la heroica ciudad dormía la siesta, madre y Caro su hija se iban de tiendas. La primera de peluquería, bajo un paraguas plegable y transparente. A su lado la joven mojaba la gabardina y sus katiuskas verdes. Las dos pagadas al móvil ...
jueves, 25 de abril de 2013
Fábula
Sostengo una pelota sobre mi hocico y la hago girar. Alzándome sobre mis aletas traseras o balanceándome sobre las delanteras. Solo quiero desviar la luz del foco que desde lo alto abrasa mis ojos. Ellos están al otro lado, dentro de lo oscuro. Aplauden cuando se lo pido.
Estoy sobre un taburete en medio de un círculo de arena. Sin poder evitar los recuerdos mientras hago mi función. Llevo ya demasiado tiempo sin sentir en mi piel las frías aguas del mar del norte. Ellos me enredaron muy joven mientras cazaba para comer. Inmovilizada y aturdida., me llegó el hambre. Luego eché en el olvido los ecos de barcos y peces entre el hielo. Ahora, no fuerzo mi cuerpo como si tuviera que perseguirlos. Tampoco tengo que esquivar el cortante hielo. Solo se trata de sostener el balón con mi hocico. A cambio me alimentan y con sus órdenes van borrando mis instintos.
He aprendido a comer su pescado. ¿Qué importaba sustituir la sombra de mi madre por la de un balón azul? ¿Qué me podía importar dormir enjaulada dentro de una bañera? Si ellos con su extraño olor están siempre detrás, rellenando la ausencia con pelotas de color y abundante comida.
Hoy me siento torpe. La luz del foco después de tanto tiempo ha terminado por vencerme, mis acrobacias apenas logran evitarla. Casi no veo nada. Me repugna su pescado, ya ni siquiera siento hambre. Hoy mi balanceo es cada vez más lento, temo perder el equilibrio.
Ellos estallan en un gran aplauso cuando la pelota azul bota por la arena, me arrastran y abandonan a un lado. Apagan el maldito foco. Puedo distinguir la luz del fuego en un aro y al vecino de jaula que lo atraviesa recortando su melena.
Me sacan de la pista y me abandonan en la bañera de mi jaula. En los oscuro la luz lunar a través de los barrotes sobre la pared me regala un pentagrama. Recuerdo con la poca memoria que me queda, silencios y ecos de peces de plata al ritmo de amenazadoras pisadas en la jaula de al lado.
Ya no puedo controlar mi cuerpo, se empeña en querer flotar dentro de esta maloliente bañera. Ya escucho las llamadas de los míos. Se despiertan mis instintos. Partimos de pesca ocultos en la niebla de la aurora.
Ellos, al amanecer la encontraron sin vida y la arrojaron dentro de la jaula vecina.
Ya no necesitaba esquivar el hielo de aquellos colmillos.
Bruno
Yo digo que si y para que me creas te lo voy a contar.
“Caminaba con pies de plomo por el fondo del mar hacia la jodida tubería”.
Reparó en mí y entró en detalles. Al parecer le movilizaron por culpa de la marejada, que había agrietado un tubo emisor de residuos y destrozado los barcos en el puerto.
"Las cosas en el mar después de soldadas, otra vez se soldarán”.
Reparaba la tubería, como un dios de los relámpagos en la penumbra del mar.
Sus palabras se hacían imágenes y por un instante lo vi cabeza abajo.
Placenta de un nonato en planeta ajeno. Cordones umbilicales desde el barco de apoyo.
¡Desconectado electrodo! ¡Emergencia! ¡Quítate los contrapesos!
De sobra conocía las consecuencias del protocolo de seguridad. Solo le quedaban su experiencia y Arquímides para regresar a la superficie.
Un andamiaje absurdo que le ofrecía un nicho sin vistas, a cambio de su vida.
¿Y la boca del lobo? ¿Cómo se metió en ella?
- "Boca de lobo" 1.f.Lugar muy oscuro 2.f.Mar.Agujero cuadrado en medio de la cofa, por el que entra el calcés del palo, quedando espacio a banda y banda para el paso de la gente que sale a maniobrar.
- "Cofa" 1.f.Mar.Meseta colocada horizontalmente en el cuello de un palo para fijar los obenques de gavia, facilitar la maniobra de las velas altas, y antiguamente, también para hacer fuego desde allí en los combates.
- "Calcés" 1.m.Mar.Parte superior de los palos mayores y masteleros de gavia, comprendida entre la cofa o cruceta y el tamborete.
Salió a través de la boca del lobo, sin aire pero libre.
domingo, 21 de abril de 2013
José
Se detiene ante él. Su rostro reflejado tiene la belleza de quien ha envejecido honradamente. Su mirada viaja por mundos en miniatura cubiertos de nieve dentro de bolas de cristal, ahora tempestades detenidas.
Hace solo unos meses escuchó los primeros lloros de su nieta y tiene pendiente un regalo para ella. Su dinero siempre lo tuvo tasado. Él, un emigrante adolescente de maleta ligera con poco más que una muda. Se había perdido la infancia de sus hijos y estaba habituado a que lo suyo le fuera ajeno. Escudriñaba las miniaturas que encerraban aquellas pequeñas esferas. Cuando reparó en una que solo contenía nieve, supo que era la suya. Un tesoro de pequeñas y reconocibles joyas de agua y frío.
Después de varios intentos consiguió el giro de la llave para abrir la puerta. Intentó cerrar sus huecos nocturnos encendiendo la televisión, sabía que se dormiría antes de terminar el Telediario. Sobre el desvencijado sofá despertó con destellos de nieve digital, entre murmullos de un río desbordado. Sentía frío, apagó el aparato. Acertó a ponerse el pijama para acostarse en su mitad de la cama; sin escuchar a su costado los rumores de hilo que ya nunca regresarían.
La luminosa mañana barrió las luces navideñas del escaparate. Cuando tuvo en la palma de mano la bola de cristal, no dudó: era el regalo perfecto. Al invertirla, nevó bajo el tímido sol. Se hacía tarde y su hijo le había invitado a comer. Después jugaría una partida de petanca.
Ni siquiera quiso que envolvieran su regalo, la guardó en la bolsa.
Cuatro bolas: tres de acero y una de cristal de nieve.
De nuevo cuatro bolas en la bolsa: una con alma.
En el parque le esperaban para la partida ... ¡Enhorabuena por tu nieta! ... A José le correspondía lanzar y así lo hizo. Mientras seguía la trayectoria una gota de luz brillo en el cristal y después al caer se hizo añicos.
Los copos aprisionados flotaban en el aire.
Sus compañeros de juego - atónitos - parecían escuchar cómo nevaba.
El inquilino
El dueño, de la barbería que da a la plaza, barre el pelo de los últimos cortes. Es un local con un solo sillón, alguna estantería y un espejo que vio pasar muchas edades. Baja la persiana.Cuando alguien la golpea, exclama: ¡A estas horas!
Al subirla le sorprendieron aquellos zapatos negros con reluciente hebilla de HH, los pantalones con raya y el abrigo abotonado. Reconoció bajo su sombrero al vecino que vivía al otro lado de la plaza.
Solo será un afeitado - dijo.
Se acomodó en el sillón.
El barbero lo ajusta mientras el agua se calienta. Después le aplica una toalla templada sobre sus agudas mejillas. No se sorprendió cuando le entregó una navaja Böhler. Siempre lo hacía. En alguna ocasión le había comentado que temía utilizarla contra si mismo, si se afeitaba con ella.
Cuando termina le devuelve la navaja:
Mientras vuelve a cerrar lo ve cruzar.
¡Aquí huele bien!, dijo el recién llegado mientras alzaba su nariz. Sin un saludo de cortesía, ni dar su nombre. ¡Vengo por la habitación que se alquila!.
Hugo observó aquel hombre que sin soltar el pasamano necesitaba mirar sus pies en cada escalón. Sus zapatos con una doble hache relucían.
Regresó pronto con dos baúles y un cajón de libros.
- ¡ Señor Haller !
- ¿Seguro que se encuentra bien?, ¿quiere que le ayude a subir?
- No acostumbro a sentarme en las escaleras – dijo Hugo.
Entre las cosas de aquel mundo, un busto de Goethe con gesto petrificado, parecía reclamar un orden burgués en todo aquello.
© 2008 Fotografía de