viernes, 26 de abril de 2013

Aroma de luz


Al dictado del viento sabrás que es un nuevo día por las caricias del alba en tu rostro. Sobresaltado por el intenso aroma de la brisa, tienes como aliada la luz y sabes poco de sus intenciones.

No le permitas alterar nada en el jardín de la casa cerrada con rejas de lluvia, mientras persista la fragancia de las flores y el rugoso tacto de los limones que flotan en  el estanque,

Ignoras cómo la luz blanca  se desintegra en el color de las flores y perfuma la mañana. Mientras caen níveos pétalos de la espinera y el guindal, sobre las piedras del muro. Alrededor de la pérgola, se desvanece el violeta de la glicinia con el amarillo del brezal.

Buscas otros olores más allá del sol, en el misterio de la luz azulada, que atraviesa la larga noche austral hasta el IceCUbe - cubo de hielo sensorial - multiplicador de luz dentro del frío. Trae noticias de galaxias sin flores. Imágenes electrónicas de ignorados colores sin aroma.

Huyes. Atraviesas los barrotes de agua. Ha caído mucha sobre las conchas de los caracoles, que vacías crujen bajo tus desnudos pies. Hedor de la tierra y regusto de tus lágrimas, la memoria de una trinchera; sepulcro de corazas derrotadas. 

Entre el cielo y el agua, como espejos enfrentados en ese estanque, la nada. Donde también te ves. Quizá los peces, bajo la superficie, sabrán predecir claros o  nubes durante la desigual batalla.

Viajas como muñeco inerme en  un bucle de eterno retorno. Afligido por haber perdido el lugar donde se guarecieron otros. Has perdido tus vividas arrugas, y el dulce sabor de otras salivas, cubres tu rastro con cérea máscara de perfilada perilla.

Absurda careta que te conserva atrapado en el tiempo, insensible a las carantoñas de la brisa. Sin identidad te diluyes cuando llegas a la plaza. Allí, tras una luz que multiplica tu faz, te reconoces en una muchedumbre que grita sin voz: ¡Somos Anónimos!

Al final de la tarde, tus manos son de color azul. Quítate el disfraz y deja que la brisa refresque tu frente. Levanta la mirada. Busca el tacto del vientre de las nubes y recoge su lluvia. En la casa desaparecerán las rejas, regresa a su jardÍn y riégalo.

Y cuando luz blanca, se desintegre en el color de las flores. Tú, otra vez, la extraviarás entre aromas recientes.  Pero esa pregunta  - volverá -  vuelves a escucharla como si el viento la estuviese pronunciando. ¿Has conocido el aroma de la luz?






© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

El sombrero


Mientras la heroica ciudad dormía la siesta, madre e hija se iban de tiendas. La primera de peluquería, bajo un  paraguas plegable y transparente. A su lado la joven mojaba la gabardina y sus katiuskas verdes. Las dos pagadas al móvil ...Se escuchaba:


- Estoy con mi hija.
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- ¿A que hora terminas?
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- ¿Quedamos?
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- Ya sabes que sí.
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- Vale.
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- A las siete.
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- ¿Donde la otra vez?
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- Besitos, amor - le susurró.

-¿Fuiste de fiestuki?
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- ¡Pichu!
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- ¿Con la gordi esa?
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- No seas guarra, Afri.
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- O sea que va de malote.
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- ¡Ya te digo tía!
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- ¿Que pase de todo?
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- No tía.
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- Me estas rallando joder.
- ¡Mmua!. – le espetó.
























Madre e hija ya en silencio ante el escaparate de una zapatería, cuando se reflejó el único hombre de su casa que les decía, mientras las abrazaba por la espalda:


¿Cómo están mis chicas?

Pasó poco tiempo para que les reclamaran sus móviles:



- Dime Teté.
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- Hoy no puedo.
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- Ya te contaré.
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- No, nada importante.
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- De tiendas con Luis y Caro.
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- Chao, cari, chao, chao.

- ¡Qué!… ¿De bajón?
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- Flipé, me lo sopló Afri.
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- No haberte acoplao.
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- Afri no es una bocas.
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- La gordi es una lapa.
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- Ya no me molas. Piérdete.
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- Bye, loser.

- Sí, soy Luis
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- Mañana tendrá su pedido completo y podemos firmar.
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- Sí, el ingreso como siempre.
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- Imposible, ya hemos reducido el beneficio empresarial
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- No, no podemos más.
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- Sí, sí, eso es.
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- Sí, salgo a las siete. Dormiré en Madrid.
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- ¡Ok!, ¡ok!. Firmaremos a primera hora.


Esa tarde Caro y su madre regalaron a Luis un sombrero.






                                                              
© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

jueves, 25 de abril de 2013

Fábula

Sostengo una pelota sobre mi hocico y la hago girar. Alzándome sobre  mis aletas traseras o balanceándome sobre las delanteras. Solo quiero desviar la luz del foco que desde lo alto abrasa mis ojos. Ellos están al otro lado, dentro de lo oscuro. Aplauden cuando se lo pido.

Estoy sobre un taburete en medio de un círculo de arena. Sin poder evitar los recuerdos mientras hago mi función. Llevo ya demasiado tiempo sin sentir en mi piel las frías aguas del mar del norte. Ellos me enredaron muy joven mientras cazaba para comer. Inmovilizada y aturdida., me llegó el hambre. Luego eché en el olvido los ecos de barcos y peces entre el hielo. Ahora, no fuerzo mi cuerpo como si tuviera que perseguirlos. Tampoco tengo que esquivar  el cortante hielo. Solo se trata de sostener el balón con mi hocico. A  cambio  me alimentan y con sus órdenes van borrando mi memoria.

He aprendido  a comer su pescado. ¿Qué importaba sustituir la sombra de mi madre por la de un balón azul? ¿Qué me podía importar dormir enjaulada dentro de una bañera? Si ellos con su extraño olor están siempre detrás, rellenando la ausencia con pelotas de color y abundante comida.

Hoy me siento torpe. La luz del foco después de tanto tiempo ha terminado por vencerme, mis acrobacias apenas logran evitarla. Casi no veo nada. Me repugna su pescado, ya  ni siquiera siento hambre. Hoy mi balanceo es cada vez más lento, temo perder el equilibrio. 

Ellos estallan en un gran aplauso cuando la pelota azul bota por la  arena, me arrastran y abandonan a un lado. Apagan el maldito foco. Puedo distinguir la luz del fuego en un aro y al desconocido animal que atravesándolo recorta su melena.

Me sacan de la pista y dejan en la bañera de mi jaula. En los oscuro ya sin nadie, la luz lunar  y los barrotes me regalan un vertical pentagrama. Anoto con la poca memoria que me queda,  silencios y ecos de peces de plata. Al compás de las amenazadoras pisadas  de alguien que ocupa la jaula vecina y huele distinto.

Ya no puedo controlar mi cuerpo, se empeña en querer flotar dentro de esta maloliente bañera. Ya escucho las llamadas de los que son como yo, para salir a cazar ocultándonos en la niebla de la aurora.

Ellos, al amanecer la encontraron sin vida y  la metieron en la jaula de al lado.
No pudo esquivar el hielo de unos colmillos.





© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández



Bruno

¿Puede alguien con pies de plomo y cabeza abajo, meterse en la boca del lobo? 
Yo digo que si y para que me creas te lo voy a contar.
Desde la barra en la taberna del puerto, Bruno tronaba:
“Caminaba con pies de plomo por el fondo del mar hacia la jodida tubería”.
Yo le escuchaba, mientras se dirigía a una escasa concurrencia, interesada en rumiar más derrotas que proezas. 

Reparó en mí y entró en detalles. Al parecer le movilizaron por culpa de la marejada, que había agrietado un tubo emisor de residuos y destrozado los barcos en el puerto.
Engreído continuó:
"Las cosas en el mar después de soldadas, otra vez se soldarán”.
Y le tocó demostrarlo en los fondos marinos con dos aliados: las botas plomadas y el destello del electrodo en arco por la soldadura.
Reparaba la tubería, como un dios de los relámpagos en la penumbra del mar.
Bruno apuró un trago, mientras mascullaba, cable, mástil, trampa .... Se balanceaba, revivía los momentos de poca visibilidad en que fue atrapado por una súbita corriente. Ayudado por el alcohol y los recuerdos su cuerpo era cada vez más inestable.
Sus palabras se hacían imágenes y por un instante lo vi cabeza abajo.
En su perorata reconoció que no trabajaba solo. Desde la superficie le llegaban los electrodos, el oxígeno y el teléfono.
Placenta de un nonato en planeta ajeno. Cordones umbilicales desde el barco de apoyo.
Cuando recuperó su monólogo, aclaró que una fuerte corriente le hizo perder pie en el lecho marino. Lo imaginé colgado cabeza abajo, convertido en el badajo de una campana, que repicaba llamadas de auxilio e instrucciones:
¡Desconectado electrodo! ¡Emergencia! ¡Quítate los contrapesos!

De sobra conocía las consecuencias del protocolo de seguridad. Solo le quedaban su experiencia y Arquímedes para regresar a la superficie.
Estaba atrapado. El problema era atravesar los restos de naufragios que estaban ahora por encima de su cabeza.
Un andamiaje absurdo que le ofrecía un nicho sin vistas, a cambio de su vida.
Con disciplina siguió las instrucciones, se quitó primero las botas de plomo, después los cables del electrodo y del teléfono, por último los plomos de la cintura. Un tubo para poder mantener la respiración y el casco deberían ser suficientes.
Apoyado en la barra de la taberna, Bruno saciaba la sed más secreta. Ahora ya ni siquiera farfullaba.
¿Como logrará salir? Seguro que sobrevivió, lo sabemos y sobre todo yo, que lo estoy viendo en medio del silencio, desde la mesa.
Hemos llegado hasta aquí con pies de plomo y terminando cabeza abajo.
¿Y la boca del lobo? ¿Cómo se metió en ella?
 Me parece que una ayuda por mi parte no la recibiría mal. Pero también estoy trabado, quizá en el Diccionario encuentre una pista:
  • "Boca de lobo" 1.f.Lugar muy oscuro 2.f.Mar.Agujero cuadrado en medio de la cofa, por el que entra el calcés del palo, quedando espacio a banda y banda para el paso de la gente que sale a maniobrar.
  • "Cofa" 1.f.Mar.Meseta colocada horizontalmente en el cuello de un palo para fijar los obenques de gavia, facilitar la maniobra de las velas altas, y antiguamente, también para hacer fuego desde allí en los combates.
  • "Calcés" 1.m.Mar.Parte superior de los palos mayores y masteleros de gavia, comprendida entre la cofa o cruceta y el tamborete.
Bruno desconoce este vocabulario pero reconocerá rápido las cosas y el para qué sirven . A su alrededor no le será difícil buscar una salida por el medio de los maderos que amenazan con sepultarlo.
También sabe que en el mar, una situación mala puede empeorar. Y así fue cuando el tubo del aire se enredó en aquél palo mayor. Lo reconoció inmediatamente: era del velero que dejaban atracado todo el invierno y que el se encargaba de mantener:
El badajo se trasformó en un globo de feria atado al pecio por debajo de la cofa.  Lo trágico es que tenga forma de buzo y sea Bruno el que esté dentro.
Sin embargo exhibe una sonrisa que parece un trozo de limón. Recordaba como encontró sobre su cabeza la antigua trampilla que le permitía manejar las velas. La rápida decisión de cortar el tubo, le permitió atravesar el agujero cuadrado por el que entra el calcés.
Salió a través de la boca del lobo, sin aire pero libre.
Retenía su respiración  por encima de la maraña que se había formado sobre el tubo emisor con los barcos destrozados. Ascendía sin obstáculos. Ya cerca de la superficie se quitó también la escafandra y así -desnudo como los hijos del mar - renació mecido por el eco rompiente de las olas contra la costa.


© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

domingo, 21 de abril de 2013

De cristal y nieve


Sólo con su pensamiento y el eco de sus pasos. José regresa por una acera mal iluminada a casa. Reconoce sin mirar el empedrado de adoquines. Al fondo, su portal tiene un aspecto más sombrío que de costumbre y  el escaparate del bazar chino resplandece con las guirnaldas navideñas.

Se detiene ante él. El rostro reflejado tiene la belleza de quien ha envejecido honradamente. Su mirada viaja por mundos en miniatura cubiertos de nieve dentro de bolas de cristal. Ahora tempestades detenidas.

Hace solo unos meses escuchó los primeros lloros de su nieta y tiene pendiente un regalo para ella. Su dinero siempre lo tuvo tasado. Él, un emigrante adolescente de maleta ligera con poco más que una muda. Había ignorado la infancia de sus hijos y estaba habituado a que lo suyo le fuera ajeno. Pero ahora perplejo, escudriñaba las miniaturas que encerraban aquellas pequeñas esferas. Cuando reparó en una que solo contenía nieve, supo que era la suya. Su tesoro de pequeñas y reconocibles joyas de agua y frío.
Había bebido, como lo hacía a menudo en los últimos meses. Fue tan repentino lo de María. De vez en cuando aún reconocía su voz, en el eco de la ausencia. No podía evitar sentirse solo cuando escuchaba al conocido de turno:  ¡ Tu nieta te ha llegado en el mejor momento!. Y recordaba que su mujer no llegó a conocerla.

Después de varios intentos consiguió el giro de la llave para abrir la puerta. Intentó cerrar sus huecos nocturnos encendiendo la televisión, sabía se dormiría antes de terminar  el Telediario.  Sobre el desvencijado sofá despertó con destellos de nieve digital, entre murmullos de un río desbordado. Sentía frío, apagó el aparato. Acertó a ponerse el pijama para acostarse en su mitad de la cama; sin escuchar a su costado los rumores de hilo que ya nunca regresarían.
 
La luminosa mañana barrió las luces navideñas del escaparate. Cuando tuvo en la palma de mano la bola de cristal, no dudó: era el regalo perfecto. Al invertirla, nevó bajo el tímido sol. Se hacía tarde y su hijo le había invitado a comer. Después jugaría una partida de petanca.

Ni siquiera quiso que envolvieran su regalo, la guardó en la bolsa.
Cuatro bolas: tres de acero, una de cristal y nieve.
En casa de su hijo el bebe aún dormía en la habitación de sus padres. Ocupaba únicamente un serón; cuando se lo pusieron en su regazo la contempló embobado y entre arrumacos le presentó la magia de la nieve dentro de la bola. La mirada de su nieta siguió por unos instantes aquellos diminutos copos, después  la mueca que tan bien conocía: María dándole a entender su enfado en alguna discusión de matrimonio. Demasiado pequeña - decía su nuera - para entenderlo.
De nuevo cuatro bolas en la bolsa: una con alma.

En el parque le esperaban para la partida ...  ¡Enhorabuena por tu nieta! ... A José le correspondía lanzar y así lo hizo. Mientras seguía la trayectoria una gota de luz brillo en el cristal y después al caer se fragmentó.

Los copos aprisionados saltaron por el aire. Sus compañeros de juego - atónitos - parecían escuchar cómo nevaba.



© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

El inquilino





El dueño, de la barbería que da a la plaza, barre el pelo de los últimos cortes. Es un local con un solo sillón, alguna estantería y un espejo que vio pasar muchas edades. Ha bajado la persiana.Cuando alguien la golpea, exclama:  ¡A estas horas!

Al subir el cierre le sorprendieron aquellos zapatos negros con una doble hache, los pantalones con raya y el abrigo abotonado. Reconoció bajo un sombrero al vecino que vivía al otro lado de la plaza.

El recién llegado se descubrió y colgó el abrigo. Su corto cabello empezaba  a clarear pero no necesitaba corte. Se quitó sus lentes de montura al aire. Solo será un afeitado - dijo. Se acomodó en el sillón.

El barbero lo ajusta mientras el agua se calienta. Después le aplica una toalla templada sobre sus agudas mejillas. No se  sorprendió cuando le entregó una navaja Böhler. Siempre lo hacía. En alguna ocasión le había comentado que temía utilizarla contra si mismo, si se afeitaba con ella.. 

Sabe que no le gusta conversar. Aplica la espuma y le afeita sin recortar el bigote. Le extiende un balsamo desde el cuello hasta su afilado mentón.

Cuando termina le devuelve la navaja:
-Hasta la próxima vez, Señor Hugo.

Por fin puede cerrar, mientras lo ve cruzar.

El andar indeciso no armonizaba con su perfil fuerte. La plaza es pequeña y no tarda en llegar a la blasonada casa. Un edificio de piedra al que se entra bajo un arco que tiene una macilenta campanilla, verde por la humedad, y que a veces suena sin que nadie la toque. Al lado el  bajorrelieve  del escudo de los López de Haro muestra un lobo atado a un árbol. Cuando Hugo lo atraviesa se siente uno de ellos.

Tía y sobrino habían terminado de comer cuando, aún con los platos sobre la mesa, sonó estridentemente la enferma campanilla. Hugo se levanta y al abrir, la presencia de  un hombre extraño y sombrío le inquieta.

¡Aquí huele bien!, dijo el recién llegado mientras alzaba su nariz. Sin un saludo de cortesía, ni dar su nombre. ¡Vengo por la habitación que usted alquila!.

En el vestíbulo su tía se unió a ellos. A primera vista pareció sentirse bien ante aquél visitante que sin haberse quitado su abrigo, dijo que su nombre era Henry Haller. Ella le indicó que para ver el cuarto tenían que subir hasta la última planta.

Hugo observó aquel hombre que sin soltar el pasamano necesitaba mirar sus pies en cada escalón. Sus zapatos con una doble hache relucían.

Henry pasaba revista a todo: el estucado, las alfombras, las plantas del rellano….  daba la impresión que vniese de ultramar. Pero no escatimaba gestos de stisfacción, hacia la tía de Hugo, por el agradable el orden de su casa.
Cuando le dijeron las condiciones del alquiler, Henry se mostró cortés. Estuvo conforme en todo, alquiló además del cuarto la alcoba contigua. Ofreció en el acto una señal y se disculpó para salir a recoger sus pertenencias. Al poco tiempo regresó con dos baúles y un cajón de libros.

No era aún la medianoche cuando Hugo se retiraba  a su cuarto y se encontró a  Henry sentado en le rellano de la escalera:
- ¡ Señor Haller !
- Oh …
- ¿Se encuentra bien?
- Oh, si, si … Perdone si le he asustado … No le he oído subir, me temo que … estaba ensimismado.

- ¿Seguro que se encuentra bien?, ¿quiere que le ayude a subir?
- No, no es necesario. Si no tiene prisa, siéntese aquí un momento

- No acostumbro a sentarme en las escaleras – dijo Hugo.
- Si por supuesto … Hace que me avergüence … deje que se lo explique …
…me he encaprichado con este pequeño vestíbulo, tan inmaculado como toda la casa de su tía. Siempre que paso por aquí tengo que tomarme un descanso. Huele a tranquilidad… siempre he buscado lugares así. Es una necesidad. ¿Me entiende?

Haller sacó una bonita caja ovalada y esnifó su polvo blanco sin compartirlo.

- ¿ Está usted está enfermo ?– dijo Hugo.
- No …no …solo soy un viejo que se arrastra por las escaleras, en las casas de otros…

- Llamarse viejo es un poco exagerado. No parece que haya llegado a los cincuenta.
- Tiene razón. Tanto peor…Pero tampoco me falta mucho.

Hugo dormía en un cuarto al lado del de Henry. Primero oyó sus pisadas por las escaleras, luego cerrarse el portón. No resistió la tentación de levantarse para husmear en la alcoba que habían alquilado. Cuando estuvo dentro, vio por la ventana desaparecer a Henry hacia la zona de  de las tabernas. Su andar indeciso se había transformado en un trotecillo danzarín.

En las paredes de la habitación colgaban acuarelas y varias fotografías de una pequeña ciudad campesina. Hugo pensó que podía tratarse del pueblo de Henry.  Los libros estaban por todas partes, sobre  le diván, sobre las sillas, en el suelo... Muchos con señales entre sus hojas.
Sobre la cómoda un gramófono casi nuevo, tenía puesto un disco de fox-trot. Otros de Mozart y Händel estaban cerca. Entre las oleadas de aquél mundo, un busto de Goethe con gesto petrificado, parecía forjar su carácter burgués.

En un rincón una caja de acuarelas sin utilizar desde hacía tiempo y en la mesa varias botellas de Pernod Fils, la navaja barbera Böhler y un manuscrito cuya nota a pié de página rezaba: “no para cualquiera”. Se titulaba “Tratado del Lobo estepario” y tenía anotaciones recientes.

A Hugo, un hombre abstemio de vida regular, aquellas botellas en el cuarto de Haller le desagradaban más que todo el desorden restante. Sin embargo, decidió tumbarse en el diván después de apartar varios libros. Desde allí veía la fotografía de una hermosa mujer o quizá un muchacho con lentes de cristales al aire.

Se quedó dormido y no despertó hasta poco antes del mediodía. Cuando salió a la calle llevaba un abrigo y dentro del bolsillo la navaja de afeitar. Calzaba los zapatos negros en los que  relucía una doble hache.





© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

Valdediós





Alguno de nosotros les dirá :
¡ No estamos en otro lugar ! 
distinto al de los abrazos,
antes del mortal letargo. 

Lava de odio nos sepultó
y ahora somos exhumados:
un pincel cosquillea 
huesos desperdigados.



Levantando acta 
de nuestros cráneos horadados,
distinguen dientes sanos
sobre suelas de zapatos.

Alguno de nosotros les dirá : 
¡ Dejarnos aquí ! ... 
¡ Aquí ! …
Donde mirándonos y maniatados,
nos dimos el último abrazo.


© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández






Mientras me quede voz, hablaré de mis muertos, tan quietos, tan callados, tan molestos.

Mientras me quede voz, hablaré de sus sueños, de todas las traiciones, de todos los silencios, de sus huesos sin nombre esperando el regreso.

Mientras me quede voz, no han de callar mis muertos.


© 2013  Texto Marisa Peña

sábado, 20 de abril de 2013

Diccionario




Gritaba el capitán: ¡Arriad el foque! ¡Cuidado, el bauprés! ¡Orzad a estribor! Entretanto la tormenta arreciaba. Por encima de ella alguien suplicaba: ¡ un diccionario, un diccionario !, cuando un definitivo golpe de mar volcó el velero y apenas le dio tiempo a ponerse el chaleco.

Alguien, fue arrastrado por la corriente hasta una isla. Paradojas del destino, en un baúl compañero de naufragio encontró el diccionario.



Necesitaba una salida para su situación y eligió doce palabras al azar:
mar-flotar, poco- peso, suelo-planeta, trozo-queso, página-hoja, sonido-boca

Por cada pareja una nueva palabra.  La primera que se le ocurrió:
barco-ligero, tierra-porción, libro-voz.

Por cada par otra y así quedaron solo tres:
velero, isla, diccionario

La primera su pasado, la segunda  el presente y la tercera le presagiaba el futuro. Sería una voz más en diccionario,  pero al fin y al cabo, Alguien.


© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

Despertar


La noche replegó las esquinas. El despertar las desdobló en imágenes. Por la playa Aquiles arrastra la cabeza de Héctor. Castillos de arena esparcidos por las olas. En su carro de fuego, Elías cruza el amanecer.
No tiene sonido la caracola. Está sin estrenar la voz ronca por andar descalzo.

A este libro se le caen las letras. La imparable brisa estremece páginas en blanco En un final que es el principio, resuena aquél párrafo leído en la vigilia:
“Yo no soy viejo todavía, pero como si lo fuera porque ya no soy joven. Hay quién nace para joven y quién para viejo. Yo confieso que soy de estos últimos”.



© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

San Valentín en Petroria





Sr. VÍCTOR FRANKEISTEIN
UNIVERSIDAD de INGOLSTADT- Laboratorio de Anatomía
Ostenstrabe 26 - 85072 - ALEMANIA


Estimado Sr. Director:

Me dirijo a usted para informarle de un suceso que hoy recoge la prensa local.
Ella hace dos días había twiteado: ¿qué escondes en la manga para tu amada?. Es conocida como imagen de Avon, y también como una estudiante muy popular y respetada.
Él es famoso como el corredor cuchilla, por sus prótesis de carbono en las dos piernas
amputadas. Desde las vallas publicitarias de Nike, proclama: ¡Yo soy la bala en la recámara!”.
Cuando celebraban en la intimidad el día de los enamorados, ella murió al recibir cuatro disparos.

Ante estos hechos solicito que intente recomponer la situación, avalado como está por éxitos anteriores y por los avances que han hecho la ciencia y la  mecánica.

Finalmente deseando que en esta noticia encuentre material para sus sueños, se despide y queda a su disposición en Petroria.

Prometeo García
15_febrero_2013





© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández