miércoles, 16 de octubre de 2013

Escalofrío


San Valentín 2013 - Pretoria 



Postal dirigida al  Sr. Víctor Frankeistein
Laboratorio de Química
Universidad de Ingolstadt 


Estimado Director:

Me dirijo a usted para informarle de un suceso que hoy recoge la prensa local. 

Ella, conocida como imagen de Avon y como una estudiante muy popular. Hace dos días había twiteado: ¿qué regalo escondes para tu amada?.  
Él famoso como el corredor cuchilla, con prótesis de carbono en sus dos piernas, 
desde las vallas publicitarias de Nike, proclama: ¡Yo soy la bala en la recámara!”.

Cuando celebraban el día de los enamorados en su domicilio de Pretoria, ella murió al recibir cuatro disparos.  

Sr. Victor a la vista de este suceso y considerando sus éxitos médicos, le ruego que intente recomponer sus cuerpos y darles nueva vida. 
Deseando que este suceso le sirva para alimentar sus sueños ... Se despide atentamente.

Prometeo García


© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

jueves, 26 de septiembre de 2013

la raza del ático




El año 1986 corría por Oviedo.
En las calles de esta ciudad y desde lo más alto de uno de sus edificios emblemáticos: la Jirafa, grabé las imágenes para dos canciones "El dios escorpión" y "Aúpa" compuestas por la Raza del Ático.
La dirección correspondió a Luis Antonio Suárez y a mí el trabajo de cámara y de edición junto a Rafael Maeso. 
Para el montaje en U-Matic solo disponíamos de "corte directo" y un rústico "croma". No hubo post-producción ¡ Hoy encontré el videoclip en youtube ! 
Te invito a compartir este soplo de cultura urbana...






sábado, 21 de septiembre de 2013

Apunte sin título




Tienes que estar lejos del lugar donde naciste. Tienes que saber lo que es trabajar por debajo de tus capacidades.
Entonces sabrás hacer una pausa, fumarte un cigarro con tu hija recién llegada al primer mundo y conversar con el deje del Oriente cubano. Rodeada de pies descalzados en sandalias romanas y torsos tatuados con motivos polinesios.

Déjalo estar, tu sabiduría es anterior a que ahora toque vacación estival.



© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

viernes, 20 de septiembre de 2013

La habitación de las tormentas








Parte I

Tania había dado permiso a su hija para que fuera a su primer  concierto. Actuaba en la ciudad el grupo favorito de la adolescente. Se imponía el color negro en uñas, camiseta, pitillos y  botas militares. Para la ocasión, en la bic-tatuada cazadora de ir al Insti, su madre escribió  “heavy is back”. Sombra en los ojos y collar con una cruz invertida. Todo por Dragon Force.
En los tiempos de Iron Maiden, Tania anidaba en los bancos del parque. Bajo las farolas fundidas. Chupa de cuero y pelo cardado Inseparable de aquella cadena en la que colgaba una placa, grabada con un faro y su nombre.
Esta noche tocaba  cambiar con su hija la cruz por la placa y también desvelarse. 

Mejor sofá y manta. A oscuras vuelve a ser la niña que junto a su padre, avanzaba por aquel camino sabiendo que, cuando la luz del faro rasgaba  el atardecer y escuchaba el mar, llegaba a casa. Los recibía el alboroto de los animales y después la noche los acunaba el eco del constante cortejo del mar con el acantilado. 
Si el abrazo de olas y rocas se volvía violento, su padre la subía hasta la habitación de las tormentas debajo del potente foco del torreón. Dentro tregua, fuera contienda: con un telón de fondo de rayos y relámpagos. El viento huracanado deshilachaba las olas que  trepaban hasta el ventanal. 
Su talismán para no tener miedo era aquella placa que llevaba colgada. Pasaba una y otra vez el pulgar sobre ella. 

Tania se despertó sobresaltada y por instinto buscó en su cuello. Pero fue su hija la que sintió el calor del colgante y le envió un Wuasap,”Through the fire and flames B7s”. 
Era la canción favorita de las dos. Una en pleno concierto, otra de pie sobre el sofá, ambas gritaban:
Ahora volamos libres, bajo la tormenta
Sentimos el dolor de una vida entera, perdido en mil días
¡A través del fuego y las llamas, seguimos adelante!

Se redoblaron los vertiginosos punteos. Madre e hija tocaban guitarras de aire, mientras lo batían con sus largas melenas.

Tania fue hasta la nevera para coger un yogurt y al mirar por la ventana, sintió la calma de la noche que la rodeaba. Recordó la habitación de las tormentas y el despertar en los brazos de su padre, cuando el amanecer confundía al mar con el cielo. Reparó en un coche que pasaba en aquel momento, como una lancha que salía del puerto para ser engullida por la ambigüedad de aquella hora. 

Despertó con el frío de la madrugada y su hija aún no había regresado. Dormitaba y al cabo de un tiempo cuando sintió un beso, sus ojos se abrieron delante del pequeño faro ahora en el cuello de su hija. El concierto de los Dragon Force la había entusiasmado. Parloteaba mientras le devolvía el colgante.  Aún estaba fascinada por cómo en medio de la contienda de los solos de guitarra, con el repentino calor del talismán le whatsapeo el título de la canción que sonaba. Insistía una y otra vez en conocer su historia de aquella placa metálica.
Su madre le prometió que pasarían unos días juntas en el lugar donde vivió de niña.


Parte II

Madre e hija estrenaban vacaciones. Avanzaban por la carretera recta y ondulada que finalizaba en el faro. Ahora un lugar turístico. Mientras la cola para entrar se desacoplaba, Tania reparó en que el torreón antes blanco era ahora naranja.
En la planta baja, un laberinto guiaba a los visitantes entre vitrinas de aves, acuarios con peces y paneles con plantas; desembocando en la sala donde el grupo se arrebujó en medio de pantallas y efectos sonoros. Al poco estalló la tormenta perfecta: truenos, relámpagos y grandes olas. Por todas partes resonaba un artificial viento huracanado. 
No estaba permitido el paso a los pisos de arriba, solo se podía acceder a la tienda de regalos.
La hija de Tania quería saber más. No entendía como su madre vivió  allí sin otros niños.. 
Salieron y su madre, tomándola del brazo, le fue contando su infancia en el faro: allí aprendió a leer y escribir. También atendía a los animales o arreglaba el huerto, siempre había algo que hacer. Mientras su padre revisaba el funcionamiento de las máquinas que daban luz o reparaba sus piezas en un pequeño taller. En él había hecho la placa de bronce con el faro y su nombre que ahora llevaba al cuello. Le contó cómo se convirtió en su talismán para espantar el miedo, si subían a la habitación de las tormentas.
Cuando iban hacia el acantilado, Tania  vio que donde antes estaba el huerto campaba a sus anchas la escultura de un gran pulpo atrapando con sus tentáculos el  morro a un cachalote. Un cartel titulaba la escena. “Lucha en las profundidades”. 
Ella no supo nada de ellas en todos lo años que vivió allí.

Sin embargo cuando llegaron al borde del acantilado el paisaje continuaba siendo familiar. Al fondo playas de piedras, un poco más arriba en las grietas de la roca las plantas que no temían al salitre ni al vértigo, mostraban sus flores. Cuando el suelo se hacía más plano, destacaban los amarillos y violetas de tojos y brezos. Por el medio, los nidos donde las aves entraban y salían alborotadas.

Al regresar  por la ondulada carretera escuchando a Dragon Force, colgada del retrovisor bailaba la placa de metal con aquél faro y dos nombres. 




© 2013  Texto Arturo García Fernández y fotografía Beto Bueres

viernes, 13 de septiembre de 2013

Una historia de sangre






- Soy de aquí, aunque no lo "paresca" - mascullaba Don Hernán Arana.
El horizonte marino se encrespaba, la brisa suspiraba ecos de campanas.

- Allá en la otra orilla, deje la mitad de mi vida – recordaba. 
Desde un banco veía las fachadas del paseo marítimo con los balcones aún abiertos, el autobús atestado, unos ciclistas ociosos, dos beatas de andar apretado…

Su hijo, al que no podía distinguir en un grupo que se afanaba por cabalgar olas, acababa de cumplir veinticinco años y finalizar periodismo. Aquí parecía abocado a llevar una vida de eterno estudiante. Pero Don Hernán, quería que conociera otro mundo y por eso le había regalado un pasaje de avión a las tierras dónde pasó la mitad de su vida.

- El vuelo es a medianoche ¿Todo a punto? – le dijo.
Lo tenía delante descalzo, enfundado en neopreno.
- Si. Quería despedirme del mar.
Se fue, no sin antes dejarle un beso de sal, como un dios surgido del agua, que tuviera en la tabla de surf su altar. 
Don Hernán no entendía el carácter de su hijo. Tampoco le resultaba arrogante, pues  sabia que era la marca de la casa.


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Él, a los quince años se fue para "hacer las américas", sin haber pasado de aprendiz en aritmética, ni gramática.  Tuvo noticias de las ruedas que se llenaban con aire el día que pinchó la bicicleta y escuchó que había que reparar los cauchos. Le dijeron que esa goma salía de un árbol que estaba en el otro lado del mar. Encontró algo parecido con su navaja en los troncos de los cerezos, ya solo pensó en dar rienda a sus aspiraciones de ser y tener. 
Sucumbió, como muchos del pueblo, a la fiebre del caucho. No todos habían regresado de las selvas amazónicas. Allí aprendió a sobrevivir cuando extraer una tonelada costaba la vida de diez indios.

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Don Hernán acompañó a su hijo hasta el aeropuerto. En una noche sin estrellas, bajaron del taxi ante la salida de vuelos internacionales. 
- No dejes de llamar 
- Si visitas Cuzco alójate en el Hotel Colonial.  
Al despedirse le dio un pequeño regalo. La humedad  de sus ojos retenía lágrimas. El temblor de sus manos lo delataba.

Desde el otro lado del embarque advirtió como su hijo sobresalía con su mochila, entre los escasos viajeros para el vuelo rumbo a Lima y como le saludaba mientras se recogía el pelo con una goma.
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Tenía  plaza en business class. Después de cenar le retiraran la bandeja y se arrellano en el asiento. Sacó el regalo de su padre y recordó su mano firme, a la que agarrado un domingo por la mañana, paseaba con la certeza de que su nombre era papá. Su madre que salía de misa le llamó Hernán, y su padre sonrió. Entonces descubrió que llevaba su nombre.

Presentía el tedio del vuelo hacia nueve horas menos de primavera. Intrigado por el pequeño paquete, lo desenvolvió cuidadosamente. La intriga aumentó al leer en la tarjeta: zootropo.

Dentro, encontró primero unas tiras de cartulina, con dibujos de la secuencia del vuelo de un cóndor y del galope de un toro. Después dos discos de cartón y el esquema para montar un cachivache. Tenía entre sus manos un pequeño cilindro con unas ranuras laterales para ver su interior. 

Al girarlo comprobó que los dibujos se animaban: el cóndor cabalgaba al toro. En la penumbra el silbido del aire acondicionado los acompañaba. Adormilado lo bajó y al poco, el ocasional juguete rodaba por el suelo.
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La ventanilla del avión en el aeropuerto de Lima, estaba tapizada en lluvia. Había amanecido con neblina. 
He llegado – se pudo escuchar en una cabina telefónica del área de recogida de equipajes.

El parloteo del taxista que lo llevaba hasta un hotel del centro, le sobraba. Circulaban cuatro coches por dos carriles y atardecía en una ciudad que le pareció habitada por gente discreta. Veía como se mezclaba el colorido de telas andinas en los eventuales mercadillos, con el gris del hormigón, que proliferaba frenéticamente en vertical. Todo le era ajeno, todo su mundo cabía en la playa donde pudiera navegar una ola. 

Se registró en el hotel y no pudo dormir. Muy temprano, sorprendido por el bullicio en las aceras, dio un paseo hasta las céntricas playas de Miraflores. En fotos había visto las enredaderas de sus acantilados. Se encontró con un océano calmado, excepcionalmente Pacífico. En el  Waikiki Club le informaron de la situación. Las cosas seguirían así, por lo menos,  una semana más.

Lo tenía claro, Cuzco le esperaba. Un vuelo doméstico de una hora y cuatrocientos cincuenta dólares fueron suficientes para que Hernán, caminando por la pista del aeropuerto de Cuzco, sintiera en su nariz cómo el aire se hacía ralo. Forzar la respiración era el peaje de llegada a una altura de tres mil trescientos metros si se viene del mar.

Por fin se encontraba ante la fachada del Hotel Colonial, que integraba en la arquitectura de  la casona española unos murales andinos. En el patio interior, las arquerías de piedra miraban la pileta del centro. Bajo uno de los arcos estaba la recepción.

- Buenas tardes. Bienvenido al Cusco.
- Buenas tardes. Tengo reserva a nombre de Hernán Arana.
- Correcto. ¿Me rellena esta ficha por favor?

Necesitó mirar en su pasaporte el número del visado. Y reparó en un hombre  que vestía con prendas cómodas, sobrias, de buena hechura. Estaba muy pendiente de la conversación y por fin  se le presentó:
- Soy de aquí, aunque no lo "paresca". Mi nombre es Tupác.

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Era el dueño del Hotel. Me invitó a cenar y acepté. Hizo una señal a un camarero para que nos buscara mesa y el espejo de la pared nos reflejó. Su aspecto me resultó familiar. 

Tenía una conversación fácil. Me informó que en estas fechas no podía perderme la Yawar Fiesta, la Fiesta de la Sangre. Se ofreció para ser mi guía y al tercer "pisco sour" me convenció. Nos despedimos con un apretón de manos y me dijo:  
- Mañana temprano saldremos para la puna.

Mi habitación estaba en el primer piso. En ella recibieron unas diminutas llamas sobre la cama, realizadas con toallas redobladas por mano indígena.  Era amplia y moderna, con un balcón que daba a la Plaza de Armas. El aire se desteñía en los azules del cielo y aparecían las primeras luces amarillas en los faroles de los porches. No extrañaba las olas.

Aquí le decían "soroche", allí mal de altura. Tenía que tomar las cosas con calma. Salí a dar un paseo.  La plaza era amplia en contraste con las callejuelas y cuestas empedradas que la rodeaban. En medio un monumento del Gran Inca, que mostraba su orgullo a las  montañas y a los barrios sobre las lomas. Estaba en el centro de su Universo.

Regresé al Hotel, las luces amarillas se extendían como una tela  de araña y podía respirar más fácilmente. Antes de ducharme llamé a mi padre.
- Estoy en Cuzco…
- ¿En el Hotel Colonial?
- ¿Has conocido a Tupác? – su voz mostraba ansiedad.
- Si, mañana iremos a la Fiesta de la Sangre.

Cuando aún no había amanecido, la inconfundible voz de Tupác, desde la recepción, era la que estaba al otro lado del teléfono. 

Partimos. Tupác conducía con facilidad hacia uno de los cerros más sobresalientes y el soroche no se presentaba. Llegamos a un cráter, nos ocultamos en un peñasco que lo bordeaba. Podíamos ver los restos de oveja en el fondo:
- Bajará en cuanto no vea peligro – escuché.

Después de un buen rato, el cóndor descendió. Hasta ese momento pensaba que estábamos solos.  No era así, los indios salieron de sus escondites, una red multicolor se cerró alrededor del ave y  no pudo remontar el vuelo. El silbido del viento fue barrido por las trompas de cuernos. El sol permitió que arrastraran a su emisario sujeto por las alas. Palideció de ira.
- Será adorado como guía de los muertos.

La comitiva pasó una quebrada y llegó a un pueblo de pocas casas y sin iglesia. En un círculo de rocas, le extendieron las alas y lo engalanaron con cintas de color rojo. Los oficiantes destacaban por sus  ponchos multicolores. El sonido de las cuernas cesó. Se pasaron hongos, entre extraños cantos que se alargarían toda la noche.
- Invocan a la serpiente, puma y cóndor – subtituló Tupác.

Para buscar alojamiento atravesamos nuevamente la aldea, y pasamos junto a un muro que tenía tallada la trinidad inca. Alguien le había hecho un graffiti. Tupác hizo como si no lo viera.

Encontramos un pequeño hotel y antes del tercer "pisco sour" me contó que su padre era un extranjero que había llegado a Cuzco, después de haberse enriquecido en la selva amazónica de Iquitos. Su madre era de un reino donde solo existían mujeres. Mujeres sin marido, que vivían solas lideradas por una virgen y se regían por sus propias leyes. Dedicaban una fiesta anual a la luna y durante esa noche se emparejaban.  Después cuando el lago era su espejo se sumergían en el agua. De lo más profundo sacaban el barro con el que moldeaban un talismán de la fertilidad en forma de rana. Ellas se lo colgaban en el cuello con orgullo, era la insignia de su noche nupcial.
Durante la fiesta siguiente las mujeres que habían concebido un niño se lo entregaban al padre y en el caso de nacer una niña se la quedaban para que la tradición continuase.

Madrugamos. Tupác pudo conseguir antes de amanecer una camioneta multicarga. Tenía la impresión de seguir acompañados. El gran disco solar nos sorprendió entre barrancos y polvo. Ascendíamos hacia la puna. Olía a sudor seco. Preocupado por el traqueteo, solamente escuchaba el ruido de las bielas y amortiguadores de aquel cacharro. Empeñados en su disonancia por hacernos saber cuál de los dos rompía primero.

Entre la niebla de los cerros distinguí una laguna entre el verdor de la hierba. La camioneta se detuvo, resonó el viento. 
- Un animal saldrá del remolino de las aguas – dijo uno de los indios y recordé mis olas.

Desapareció la niebla. Surgió un tropel de indios a caballo conduciendo a un toro. Los jirones en la ropa de algunos jinetes mostraban heridas. Descendieron hasta el pueblo, llegaron al círculo de rocas donde permanecía el cóndor, y lo amarraron sobre el lomo del animal.  

El astado brincaba intentando desprenderse de la enorme ave que mantenía el equilibrio con ayuda de sus alas y del pico. Sus garras hacían brotar la sangre de un ser mitológico con cuatro pezuñas, drapeado de oscuras plumas y cintas rojas, que ofrecía a la multitud una majestuosa tragedia, en cámara lenta de película muda. 

El espectáculo se prolongo hasta que el sangrado toro se extenuó. Entonces se liberó al cóndor. Un desfile ritual lo escoltó hasta llegar a una roca cortada que le permitió alzar vuelo.  El sol se reflejó rojizo y orgulloso sobre las oscuras plumas de sus alas. 

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En medio de la plaza de Cuzco, sobre su monumento el Gran Inca sonreía. El Hernán que regresaba al Hotel no era el mismo que había salido solo dos días antes. Esa noche no telefoneó a su padre, le escribió este relato. 


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P.D.: Hernán cuando salía del hotel escucho que reclamaban al Señor Arana, no se giró estaba seguro que se referían al otro Arana: Tupác.





© 2013  Texto Arturo García Fernández y fotografía Beto Bueres

jueves, 5 de septiembre de 2013

Mano de mujer






Vivo en una urbanización de las afueras. Un tren de cercanías me lleva hasta el centro, donde tengo mi despacho. Es la hora temprana de una mañana de verano, cuando en la estación se cruzan gentes de la movida con trabajadores.  

Dentro del vagón me veo reflejado sobre el vidrio en la pared del fondo, barba corta, camisa blanca, chaqueta oscura. Estoy al acecho: tengo la manía de sacar fotos furtivas con el móvil.
Un estertor de agonía irrumpe sobre el traqueteo. Alguien activa una alarma. Descendemos y desde el andén, veo cómo sacan a un hombre joven que sangra por el costado. En su cara atisbo la muerte.

Atardecer rojo. El vagón está casi vacío, reviso las fotos y encuentro el rostro de aquel muchacho. Sobre la pantalla amplío su entorno, descubro una mano de mujer sobre su pecho que le clava un estilete, lleva una sortija. Aumento el encuadre sobre el sello y veo una araña con una mancha roja sobre su abdomen, la viuda negra.

Ya en casa converso con mi esposa, estamos en la terraza. Me acerca un gintonic. Cuando observo su sortija nueva no puedo evitar un escalofrío.



© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

viernes, 26 de abril de 2013

Aroma de luz


Al dictado del viento sabrás que es un nuevo día por las caricias del alba en tu rostro. Sobresaltado por el intenso aroma de la brisa, tienes como aliada la luz y sabes poco de sus intenciones.

No le permitas alterar nada en el jardín de la casa cerrada con rejas de lluvia, mientras persista la fragancia de las flores y el rugoso tacto de los limones que flotan en  el estanque,

Ignoras cómo la luz blanca  se desintegra en el color de las flores y perfuma la mañana. Mientras caen níveos pétalos de la espinera y el guindal, sobre las piedras del muro. Alrededor de la pérgola, se desvanece el violeta de la glicinia con el amarillo del brezal.

Buscas otros olores más allá del sol, en el misterio de la luz azulada, que atraviesa la larga noche austral hasta el IceCUbe - cubo de hielo sensorial - multiplicador de luz dentro del frío. Trae noticias de galaxias sin flores. Imágenes electrónicas de ignorados colores sin aroma.

Huyes. Atraviesas los barrotes de agua. Ha caído mucha sobre las conchas de los caracoles, que vacías crujen bajo tus desnudos pies. Hedor de la tierra y regusto de tus lágrimas, la memoria de una trinchera; sepulcro de corazas derrotadas. 

Entre el cielo y el agua, como espejos enfrentados en ese estanque, la nada. Donde también te ves. Quizá los peces, bajo la superficie, sabrán predecir claros o  nubes durante la desigual batalla.

Viajas como muñeco inerme en  un bucle de eterno retorno. Afligido por haber perdido el lugar donde se guarecieron otros. Has perdido tus vividas arrugas, y el dulce sabor de otras salivas, cubres tu rastro con cérea máscara de perfilada perilla.

Absurda careta que te conserva atrapado en el tiempo, insensible a las carantoñas de la brisa. Sin identidad te diluyes cuando llegas a la plaza. Allí, tras una luz que multiplica tu faz, te reconoces en una muchedumbre que grita sin voz: ¡Somos Anónimos!

Al final de la tarde, tus manos son de color azul. Quítate el disfraz y deja que la brisa refresque tu frente. Levanta la mirada. Busca el tacto del vientre de las nubes y recoge su lluvia. En la casa desaparecerán las rejas, regresa a su jardÍn y riégalo.

Y cuando luz blanca, se desintegre en el color de las flores. Tú, otra vez, la extraviarás entre aromas recientes.  Pero esa pregunta  - volverá -  vuelves a escucharla como si el viento la estuviese pronunciando. ¿Has conocido el aroma de la luz?






© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

El sombrero


Mientras la heroica ciudad dormía la siesta, madre e hija se iban de tiendas. La primera de peluquería, bajo un  paraguas plegable y transparente. A su lado la joven mojaba la gabardina y sus katiuskas verdes. Las dos pagadas al móvil ...Se escuchaba:


- Estoy con mi hija.
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- ¿A que hora terminas?
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- ¿Quedamos?
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- Ya sabes que sí.
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- Vale.
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- A las siete.
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- ¿Donde la otra vez?
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- Besitos, amor - le susurró.

-¿Fuiste de fiestuki?
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- ¡Pichu!
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- ¿Con la gordi esa?
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- No seas guarra, Afri.
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- O sea que va de malote.
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- ¡Ya te digo tía!
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- ¿Que pase de todo?
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- No tía.
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- Me estas rallando joder.
- ¡Mmua!. – le espetó.
























Madre e hija ya en silencio ante el escaparate de una zapatería, cuando se reflejó el único hombre de su casa que les decía, mientras las abrazaba por la espalda:


¿Cómo están mis chicas?

Pasó poco tiempo para que les reclamaran sus móviles:



- Dime Teté.
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- Hoy no puedo.
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- Ya te contaré.
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- No, nada importante.
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- De tiendas con Luis y Caro.
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- Chao, cari, chao, chao.

- ¡Qué!… ¿De bajón?
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- Flipé, me lo sopló Afri.
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- No haberte acoplao.
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- Afri no es una bocas.
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- La gordi es una lapa.
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- Ya no me molas. Piérdete.
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- Bye, loser.

- Sí, soy Luis
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- Mañana tendrá su pedido completo y podemos firmar.
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- Sí, el ingreso como siempre.
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- Imposible, ya hemos reducido el beneficio empresarial
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- No, no podemos más.
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- Sí, sí, eso es.
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- Sí, salgo a las siete. Dormiré en Madrid.
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- ¡Ok!, ¡ok!. Firmaremos a primera hora.


Esa tarde Caro y su madre regalaron a Luis un sombrero.






                                                              
© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

jueves, 25 de abril de 2013

Fábula

Sostengo una pelota sobre mi hocico y la hago girar. Alzándome sobre  mis aletas traseras o balanceándome sobre las delanteras. Solo quiero desviar la luz del foco que desde lo alto abrasa mis ojos. Ellos están al otro lado, dentro de lo oscuro. Aplauden cuando se lo pido.

Estoy sobre un taburete en medio de un círculo de arena. Sin poder evitar los recuerdos mientras hago mi función. Llevo ya demasiado tiempo sin sentir en mi piel las frías aguas del mar del norte. Ellos me enredaron muy joven mientras cazaba para comer. Inmovilizada y aturdida., me llegó el hambre. Luego eché en el olvido los ecos de barcos y peces entre el hielo. Ahora, no fuerzo mi cuerpo como si tuviera que perseguirlos. Tampoco tengo que esquivar  el cortante hielo. Solo se trata de sostener el balón con mi hocico. A  cambio  me alimentan y con sus órdenes van borrando mi memoria.

He aprendido  a comer su pescado. ¿Qué importaba sustituir la sombra de mi madre por la de un balón azul? ¿Qué me podía importar dormir enjaulada dentro de una bañera? Si ellos con su extraño olor están siempre detrás, rellenando la ausencia con pelotas de color y abundante comida.

Hoy me siento torpe. La luz del foco después de tanto tiempo ha terminado por vencerme, mis acrobacias apenas logran evitarla. Casi no veo nada. Me repugna su pescado, ya  ni siquiera siento hambre. Hoy mi balanceo es cada vez más lento, temo perder el equilibrio. 

Ellos estallan en un gran aplauso cuando la pelota azul bota por la  arena, me arrastran y abandonan a un lado. Apagan el maldito foco. Puedo distinguir la luz del fuego en un aro y al desconocido animal que atravesándolo recorta su melena.

Me sacan de la pista y dejan en la bañera de mi jaula. En los oscuro ya sin nadie, la luz lunar  y los barrotes me regalan un vertical pentagrama. Anoto con la poca memoria que me queda,  silencios y ecos de peces de plata. Al compás de las amenazadoras pisadas  de alguien que ocupa la jaula vecina y huele distinto.

Ya no puedo controlar mi cuerpo, se empeña en querer flotar dentro de esta maloliente bañera. Ya escucho las llamadas de los que son como yo, para salir a cazar ocultándonos en la niebla de la aurora.

Ellos, al amanecer la encontraron sin vida y  la metieron en la jaula de al lado.
No pudo esquivar el hielo de unos colmillos.





© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández



Bruno

¿Puede alguien con pies de plomo y cabeza abajo, meterse en la boca del lobo? 
Yo digo que si y para que me creas te lo voy a contar.
Desde la barra en la taberna del puerto, Bruno tronaba:
“Caminaba con pies de plomo por el fondo del mar hacia la jodida tubería”.
Yo le escuchaba, mientras se dirigía a una escasa concurrencia, interesada en rumiar más derrotas que proezas. 

Reparó en mí y entró en detalles. Al parecer le movilizaron por culpa de la marejada, que había agrietado un tubo emisor de residuos y destrozado los barcos en el puerto.
Engreído continuó:
"Las cosas en el mar después de soldadas, otra vez se soldarán”.
Y le tocó demostrarlo en los fondos marinos con dos aliados: las botas plomadas y el destello del electrodo en arco por la soldadura.
Reparaba la tubería, como un dios de los relámpagos en la penumbra del mar.
Bruno apuró un trago, mientras mascullaba, cable, mástil, trampa .... Se balanceaba, revivía los momentos de poca visibilidad en que fue atrapado por una súbita corriente. Ayudado por el alcohol y los recuerdos su cuerpo era cada vez más inestable.
Sus palabras se hacían imágenes y por un instante lo vi cabeza abajo.
En su perorata reconoció que no trabajaba solo. Desde la superficie le llegaban los electrodos, el oxígeno y el teléfono.
Placenta de un nonato en planeta ajeno. Cordones umbilicales desde el barco de apoyo.
Cuando recuperó su monólogo, aclaró que una fuerte corriente le hizo perder pie en el lecho marino. Lo imaginé colgado cabeza abajo, convertido en el badajo de una campana, que repicaba llamadas de auxilio e instrucciones:
¡Desconectado electrodo! ¡Emergencia! ¡Quítate los contrapesos!

De sobra conocía las consecuencias del protocolo de seguridad. Solo le quedaban su experiencia y Arquímedes para regresar a la superficie.
Estaba atrapado. El problema era atravesar los restos de naufragios que estaban ahora por encima de su cabeza.
Un andamiaje absurdo que le ofrecía un nicho sin vistas, a cambio de su vida.
Con disciplina siguió las instrucciones, se quitó primero las botas de plomo, después los cables del electrodo y del teléfono, por último los plomos de la cintura. Un tubo para poder mantener la respiración y el casco deberían ser suficientes.
Apoyado en la barra de la taberna, Bruno saciaba la sed más secreta. Ahora ya ni siquiera farfullaba.
¿Como logrará salir? Seguro que sobrevivió, lo sabemos y sobre todo yo, que lo estoy viendo en medio del silencio, desde la mesa.
Hemos llegado hasta aquí con pies de plomo y terminando cabeza abajo.
¿Y la boca del lobo? ¿Cómo se metió en ella?
 Me parece que una ayuda por mi parte no la recibiría mal. Pero también estoy trabado, quizá en el Diccionario encuentre una pista:
  • "Boca de lobo" 1.f.Lugar muy oscuro 2.f.Mar.Agujero cuadrado en medio de la cofa, por el que entra el calcés del palo, quedando espacio a banda y banda para el paso de la gente que sale a maniobrar.
  • "Cofa" 1.f.Mar.Meseta colocada horizontalmente en el cuello de un palo para fijar los obenques de gavia, facilitar la maniobra de las velas altas, y antiguamente, también para hacer fuego desde allí en los combates.
  • "Calcés" 1.m.Mar.Parte superior de los palos mayores y masteleros de gavia, comprendida entre la cofa o cruceta y el tamborete.
Bruno desconoce este vocabulario pero reconocerá rápido las cosas y el para qué sirven . A su alrededor no le será difícil buscar una salida por el medio de los maderos que amenazan con sepultarlo.
También sabe que en el mar, una situación mala puede empeorar. Y así fue cuando el tubo del aire se enredó en aquél palo mayor. Lo reconoció inmediatamente: era del velero que dejaban atracado todo el invierno y que el se encargaba de mantener:
El badajo se trasformó en un globo de feria atado al pecio por debajo de la cofa.  Lo trágico es que tenga forma de buzo y sea Bruno el que esté dentro.
Sin embargo exhibe una sonrisa que parece un trozo de limón. Recordaba como encontró sobre su cabeza la antigua trampilla que le permitía manejar las velas. La rápida decisión de cortar el tubo, le permitió atravesar el agujero cuadrado por el que entra el calcés.
Salió a través de la boca del lobo, sin aire pero libre.
Retenía su respiración  por encima de la maraña que se había formado sobre el tubo emisor con los barcos destrozados. Ascendía sin obstáculos. Ya cerca de la superficie se quitó también la escafandra y así -desnudo como los hijos del mar - renació mecido por el eco rompiente de las olas contra la costa.


© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

domingo, 21 de abril de 2013

De cristal y nieve


Sólo con su pensamiento y el eco de sus pasos. José regresa por una acera mal iluminada a casa. Reconoce sin mirar el empedrado de adoquines. Al fondo, su portal tiene un aspecto más sombrío que de costumbre y  el escaparate del bazar chino resplandece con las guirnaldas navideñas.

Se detiene ante él. El rostro reflejado tiene la belleza de quien ha envejecido honradamente. Su mirada viaja por mundos en miniatura cubiertos de nieve dentro de bolas de cristal. Ahora tempestades detenidas.

Hace solo unos meses escuchó los primeros lloros de su nieta y tiene pendiente un regalo para ella. Su dinero siempre lo tuvo tasado. Él, un emigrante adolescente de maleta ligera con poco más que una muda. Había ignorado la infancia de sus hijos y estaba habituado a que lo suyo le fuera ajeno. Pero ahora perplejo, escudriñaba las miniaturas que encerraban aquellas pequeñas esferas. Cuando reparó en una que solo contenía nieve, supo que era la suya. Su tesoro de pequeñas y reconocibles joyas de agua y frío.
Había bebido, como lo hacía a menudo en los últimos meses. Fue tan repentino lo de María. De vez en cuando aún reconocía su voz, en el eco de la ausencia. No podía evitar sentirse solo cuando escuchaba al conocido de turno:  ¡ Tu nieta te ha llegado en el mejor momento!. Y recordaba que su mujer no llegó a conocerla.

Después de varios intentos consiguió el giro de la llave para abrir la puerta. Intentó cerrar sus huecos nocturnos encendiendo la televisión, sabía se dormiría antes de terminar  el Telediario.  Sobre el desvencijado sofá despertó con destellos de nieve digital, entre murmullos de un río desbordado. Sentía frío, apagó el aparato. Acertó a ponerse el pijama para acostarse en su mitad de la cama; sin escuchar a su costado los rumores de hilo que ya nunca regresarían.
 
La luminosa mañana barrió las luces navideñas del escaparate. Cuando tuvo en la palma de mano la bola de cristal, no dudó: era el regalo perfecto. Al invertirla, nevó bajo el tímido sol. Se hacía tarde y su hijo le había invitado a comer. Después jugaría una partida de petanca.

Ni siquiera quiso que envolvieran su regalo, la guardó en la bolsa.
Cuatro bolas: tres de acero, una de cristal y nieve.
En casa de su hijo el bebe aún dormía en la habitación de sus padres. Ocupaba únicamente un serón; cuando se lo pusieron en su regazo la contempló embobado y entre arrumacos le presentó la magia de la nieve dentro de la bola. La mirada de su nieta siguió por unos instantes aquellos diminutos copos, después  la mueca que tan bien conocía: María dándole a entender su enfado en alguna discusión de matrimonio. Demasiado pequeña - decía su nuera - para entenderlo.
De nuevo cuatro bolas en la bolsa: una con alma.

En el parque le esperaban para la partida ...  ¡Enhorabuena por tu nieta! ... A José le correspondía lanzar y así lo hizo. Mientras seguía la trayectoria una gota de luz brillo en el cristal y después al caer se fragmentó.

Los copos aprisionados saltaron por el aire. Sus compañeros de juego - atónitos - parecían escuchar cómo nevaba.



© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández

El inquilino





El dueño, de la barbería que da a la plaza, barre el pelo de los últimos cortes. Es un local con un solo sillón, alguna estantería y un espejo que vio pasar muchas edades. Ha bajado la persiana.Cuando alguien la golpea, exclama:  ¡A estas horas!

Al subir el cierre le sorprendieron aquellos zapatos negros con una doble hache, los pantalones con raya y el abrigo abotonado. Reconoció bajo un sombrero al vecino que vivía al otro lado de la plaza.

El recién llegado se descubrió y colgó el abrigo. Su corto cabello empezaba  a clarear pero no necesitaba corte. Se quitó sus lentes de montura al aire. Solo será un afeitado - dijo. Se acomodó en el sillón.

El barbero lo ajusta mientras el agua se calienta. Después le aplica una toalla templada sobre sus agudas mejillas. No se  sorprendió cuando le entregó una navaja Böhler. Siempre lo hacía. En alguna ocasión le había comentado que temía utilizarla contra si mismo, si se afeitaba con ella.. 

Sabe que no le gusta conversar. Aplica la espuma y le afeita sin recortar el bigote. Le extiende un balsamo desde el cuello hasta su afilado mentón.

Cuando termina le devuelve la navaja:
-Hasta la próxima vez, Señor Hugo.

Por fin puede cerrar, mientras lo ve cruzar.

El andar indeciso no armonizaba con su perfil fuerte. La plaza es pequeña y no tarda en llegar a la blasonada casa. Un edificio de piedra al que se entra bajo un arco que tiene una macilenta campanilla, verde por la humedad, y que a veces suena sin que nadie la toque. Al lado el  bajorrelieve  del escudo de los López de Haro muestra un lobo atado a un árbol. Cuando Hugo lo atraviesa se siente uno de ellos.

Tía y sobrino habían terminado de comer cuando, aún con los platos sobre la mesa, sonó estridentemente la enferma campanilla. Hugo se levanta y al abrir, la presencia de  un hombre extraño y sombrío le inquieta.

¡Aquí huele bien!, dijo el recién llegado mientras alzaba su nariz. Sin un saludo de cortesía, ni dar su nombre. ¡Vengo por la habitación que usted alquila!.

En el vestíbulo su tía se unió a ellos. A primera vista pareció sentirse bien ante aquél visitante que sin haberse quitado su abrigo, dijo que su nombre era Henry Haller. Ella le indicó que para ver el cuarto tenían que subir hasta la última planta.

Hugo observó aquel hombre que sin soltar el pasamano necesitaba mirar sus pies en cada escalón. Sus zapatos con una doble hache relucían.

Henry pasaba revista a todo: el estucado, las alfombras, las plantas del rellano….  daba la impresión que vniese de ultramar. Pero no escatimaba gestos de stisfacción, hacia la tía de Hugo, por el agradable el orden de su casa.
Cuando le dijeron las condiciones del alquiler, Henry se mostró cortés. Estuvo conforme en todo, alquiló además del cuarto la alcoba contigua. Ofreció en el acto una señal y se disculpó para salir a recoger sus pertenencias. Al poco tiempo regresó con dos baúles y un cajón de libros.

No era aún la medianoche cuando Hugo se retiraba  a su cuarto y se encontró a  Henry sentado en le rellano de la escalera:
- ¡ Señor Haller !
- Oh …
- ¿Se encuentra bien?
- Oh, si, si … Perdone si le he asustado … No le he oído subir, me temo que … estaba ensimismado.

- ¿Seguro que se encuentra bien?, ¿quiere que le ayude a subir?
- No, no es necesario. Si no tiene prisa, siéntese aquí un momento

- No acostumbro a sentarme en las escaleras – dijo Hugo.
- Si por supuesto … Hace que me avergüence … deje que se lo explique …
…me he encaprichado con este pequeño vestíbulo, tan inmaculado como toda la casa de su tía. Siempre que paso por aquí tengo que tomarme un descanso. Huele a tranquilidad… siempre he buscado lugares así. Es una necesidad. ¿Me entiende?

Haller sacó una bonita caja ovalada y esnifó su polvo blanco sin compartirlo.

- ¿ Está usted está enfermo ?– dijo Hugo.
- No …no …solo soy un viejo que se arrastra por las escaleras, en las casas de otros…

- Llamarse viejo es un poco exagerado. No parece que haya llegado a los cincuenta.
- Tiene razón. Tanto peor…Pero tampoco me falta mucho.

Hugo dormía en un cuarto al lado del de Henry. Primero oyó sus pisadas por las escaleras, luego cerrarse el portón. No resistió la tentación de levantarse para husmear en la alcoba que habían alquilado. Cuando estuvo dentro, vio por la ventana desaparecer a Henry hacia la zona de  de las tabernas. Su andar indeciso se había transformado en un trotecillo danzarín.

En las paredes de la habitación colgaban acuarelas y varias fotografías de una pequeña ciudad campesina. Hugo pensó que podía tratarse del pueblo de Henry.  Los libros estaban por todas partes, sobre  le diván, sobre las sillas, en el suelo... Muchos con señales entre sus hojas.
Sobre la cómoda un gramófono casi nuevo, tenía puesto un disco de fox-trot. Otros de Mozart y Händel estaban cerca. Entre las oleadas de aquél mundo, un busto de Goethe con gesto petrificado, parecía forjar su carácter burgués.

En un rincón una caja de acuarelas sin utilizar desde hacía tiempo y en la mesa varias botellas de Pernod Fils, la navaja barbera Böhler y un manuscrito cuya nota a pié de página rezaba: “no para cualquiera”. Se titulaba “Tratado del Lobo estepario” y tenía anotaciones recientes.

A Hugo, un hombre abstemio de vida regular, aquellas botellas en el cuarto de Haller le desagradaban más que todo el desorden restante. Sin embargo, decidió tumbarse en el diván después de apartar varios libros. Desde allí veía la fotografía de una hermosa mujer o quizá un muchacho con lentes de cristales al aire.

Se quedó dormido y no despertó hasta poco antes del mediodía. Cuando salió a la calle llevaba un abrigo y dentro del bolsillo la navaja de afeitar. Calzaba los zapatos negros en los que  relucía una doble hache.





© 2013  Texto y fotografía, Arturo García Fernández